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El día de hoy, miércoles 7, coordiné para encontrarme con una compañera de trabajo en un lugar cerca al cruce de la avenida Canaval y Moreyra y el Paseo de la República en San Isidro. Eran las 12 y 41 del mediodía (había coordinado para estar a las 12 y 45) y me fui a una cabina telefónica para llamarla.

De pronto, un niño de tres años que tenía un polo corto, manchado con tierra de color gris y con una caricatura que no divisé bien se me acercó y me pidió dinero. Yo sabía lo que todo ello implicaba y que su historia probablemente era muy lamentable, aparte que estaba cerca de llegar tarde a mi cita. Intente evitar mirar a sus ojos para no quebrarme de lástima, de rabia, de horror… no por él, sino por la mercancía humana que personificaba.

Mientras trataba de llamar desde la cabina telefónica el niño insistía en que le dé dinero y yo me negué. Tanto insistía que me jaloneó el saco beige que llevaba conmigo… le dije que deje mi saco con la ilusa palabra mágica del “por favor”.

Entonces, el niño dejó mi saco… y escupió en mi pantalón. Escuché de pronto una voz, era su “hermana” festejándole el escupitajo a este extraño que supuestamente era un pituquito tacaño maldito. Era una niña de seis años que presentaba un serio cuadro de desnutrición.

Me indigné y entre la cólera que me invadía y la comprensión del momento sólo atiné a decirle a ambos: “yo no soy quien los mantiene esclavizados”… y me retiré.

No hice más que irme porque no podía hacer catarsis por completo. No creo que mi acción sea un motivo para enorgullecerme. Recibí una de las bofetadas más grandes que recibí de la pobreza de mi país. Un niño indefenso atacándome porque no le di plata… algo a lo que sólo está avocado y destinado a hacer a costa de su educación, de su cuidado, de su bienestar. Si le daba aunque sea una moneda estoy seguro que lo seguiría condenando un poquito más a su esclavitud de forzado mendigo infantil.

Y en efecto, luego de salir de mi cita vi desde una prudente distancia como una señora con una gorra azul, que cargaba a un bebé en su espalda y que poseía una bolsa de caramelos, recogía a esos niños junto a otros dos más en ese mismo lugar cerca al cruce de la avenida Canaval y Moreyra y Paseo de la República. También vi, en ese momento, como es que los niños le entregaban lo que habían alcanzado dar a la señora.

Lo miré desde distancia, lo miré desesperanzado. Si las policías de tránsito y los policías que vigilan la zona, los cuales son varios, no aplican la ley contra la mendicidad infantil… esos niños tendrán ese destino infeliz. Peor aún, si no hay políticas correctas es posible que los policías hagan aquello que ni siquiera se me ocurrió hacer: golpearlos.

A los niños sólo les deseo los mejor… porque ese escupitajo proviene, no de ese niño, sino de la ineptitud y la porquería de persona que es esa señora que, estoy seguro, no es su madre.

Esos niños son víctimas de una de las modalidades de trata de personas: la mendicidad infantil.

Mendicidad infantil que, por cierto, al gobierno sólo le importa combatir cuando hay alguna cumbre como la de APEC.

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One Trackback/Pingback

  1. […] más al fondo a un plano educativo informal… ¿no estamos alentando así, de alguna manera, la explotación infantil mediante el método del mendicismo?… digamos, hay “un mercado de colaboración” (si se puede decir de esa manera) […]

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